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EL PRESIDENTE QUE CAMINABA HACIA EL ABISMO

Por: Margarita Marín

A más de seis meses del gobierno encabezado por Pedro Castillo, hay quienes hablan de un gobierno sin rumbo, avivan argumentos de la campaña electoral y se alzan diciendo que siempre estuvieron del lado correcto de la historia. Para ellos, Castillo era comunismo, caos, pobreza. Otros tantos, ven a Castillo, con cierta indulgencia que no deja de ser clasista, como un provinciano extraviado en la gran Lima, como un campesino que no sabe qué hacer con  tanto poder político, como un maestro rural que no termina de entender el rol que le toca asumir. Mientras tanto, Maria del Carmen Alva y el congreso que preside, siguen buscando formas de darle un tiro de gracia a Castillo, se reúnen en restaurantes  exclusivos para planear salidas al fantasma del comunismo que solo existe en sus cabezas.
Sin embargo, a estas alturas es claro que el presidente si tiene un rumbo y este gobierno parece encaminado al abismo. Castillo pasó de ser un símbolo incómodo para las élites a un político de decisiones erráticas y tardías. Castillo dejó de representar a los nadies para convertirse en otro presidente timorato y presuntamente incapaz de darse cuenta de los malos manejos y presuntos actos de corrupción que están ocurriendo cerca de él. Pedro Castillo ha traicionado las esperanzas puestas sobre él. No se la está poniendo difícil a la coalición vacadora que, desde que asumió el mando, ha querido sacarlo de ahí.
El Perú pareciera estar condenado a ser ese país que nunca llega a ser, ese pan que en la puerta del horno se nos quema. Recuerdo haber votado con Castillo con cierta esperanza, no me arrepiento de esa decisión. Pero, no arrepentirse, no es lo mismo a resignarse y acompañarlo en su camino hacia el abismo. Ha pasado suficiente tiempo, ¿cuánto tiempo más le daremos para enmendar su camino?, ¿querrá si quiera enmendarlo?
Lo anterior, no quiere de ninguna manera decir que me sumo a las voces que aplauden la bravuconería de la derecha, su desprecio por los ciudadanos y las ciudadanas que ejercen sus derechos políticos en Huancavelica, Ayacucho, Junín y Cuzco. No me representan los escuderos que le gritan a las puertas cerradas de la OEA. No encuentro sentido en su terquedad para gritar fraude, en su mala fe de perdedores, en su sabotaje constante en medio de una pandemia. Me enerva el uso utilitario de la violencia en el VRAEM para reavivar odios inexistentes, la forma burda con la que manipulan la historia y los bufetes de abogados conspirando contra la democracia.
Pero todo lo que la derecha es, no hace de inmediato buena a la izquierda. Todo lo que representa el congreso no exime a Castillo de sus culpas y hay que señalarlo. Hay que sacudirnos esa mirada que nos impide ver a Castillo con crudeza, un presidente que no ha sabido tomar las decisiones correctas cuyo entorno está plagado de oportunistas que luchan entre ellos por cuotas de poder, haciendo una vez más que el Perú parezca un botín.

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